May 15

Kelly Maza: protagonista del terror en Bolívar

El sol empezaba a dejar sus últimos rayos en el horizonte. La noche de ese viernes se asomaba y las personas de Mampuján se alistaban para vivir una de sus comunes jornadas de baile, comida y licor. Pero el alboroto quedó interrumpido de un momento a otro. Kelly Maza, con apenas 17 años, vio a lo lejos que cientos de hombres armados llegaron al pueblo

Cuando recuerda esos hechos, ocurridos el 10 de marzo de 2000, Kelly no puedo evitar sentirse conmovida, impotente, angustiada.

Escuche aquí la entrevista de María Clara Torres a Kelly Maza:

Esa sería la última vez que dormiría en su casa en Mampuján, un corregimiento de María la Baja, en los Montes de María, al sur del departamento de Bolívar, que era el epicentro de la alegría de la zona, la cual logró florecer a pesar de los años de violencia.

“Mis papás tenían una taberna y allí llegaban personas de otras veredas para tomar y bailar. Además teníamos los pollos, los chanchos y al río por ahí cerca. Era una vida muy feliz. Pero no muy tranquila porque siempre pasaban grupos armados como la guerrilla o el Ejército. Después fue que vinieron los paramilitares”, cuenta.

Creció viendo casi cada día hombres uniformados, con sus armas en los hombros y botas de caucho. Cuando era la guerrilla, el terror se apoderaba de todos alrededor. Sin mediar palabra entraban a las casas y se llevaban a la fuerza provisiones para sus campamentos en el monte.

Cuando se trataba del Ejército, la situación era otra. Si tenían hambre le pedían a la población ayuda, salían a jugar con los niños, bebían con los campesinos. Cada vez que ellos llegaban, Kelly salía por ellos, con su inmensa sonrisa en el rostro, y los acompañaba todo el tiempo que podía.

 

“Uno de ellos era muy amigo de mi familia. Conocía a todos mis hermanos, saludaba a mi mamá y siempre nos cuidaban. Claro que no podíamos hablar mucho de eso porque si la guerrilla se enteraba nos iba mal”.

 

A pesar de la constante tensión, todos en el pueblo se las arreglaban para seguir siendo fiesteros, pero también para salir adelante juntos. Cultivaban ñame y yuca, criaban cerdos y gallinas, y el que más tuviera le daba al que le faltara.

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Tras varios años viviendo de esa forma aprendieron a tratar con guerrilla y Ejército por igual, de manera que nada de eso afectaba su cotidianidad. Hasta ese 10 de marzo. Ese día el terror se sentía en el aire. 60 hombres al mando de alias ‘Cadena’, comandante del Bloque Montes de María de las Autodefensas Unidas de Colombia, y otros 90 de alias ‘Gallo’ llegaron a la población, pidiendo que todos los habitantes salieran de sus casas.

 

Todos se reían o intimidaban con sus armas. Solo uno ocultó su rostro tras una capucha, bajo la cual brillaban unos ojos familiares. Nadie lo reconoció, excepto Kelly y su familia: era aquel oficial del Ejército que solía visitarlos a menudo, con el que jugaban y hacían excursiones en el río.

Este hombre sacó una lista de su mano y anunció que nombraría a personas que tenían vínculos con la guerrilla. Uno a uno llamó a varios nombres, la mayoría conocidos, amigos y familiares lejanos. Afortunadamente ninguno estaba en el pueblo. Pero los ‘paras’ querían dejar su huella en Mampuján, así que abusaron de varias mujeres.

Kelly lloraba desconsolada. Nunca había sentido tanto miedo en su vida. ¿Matarían a alguien? ¿Le pasaría algo a sus hermanos, a sus padres o a sus amigos? ¿Qué pasaría con ella? ¿También iban a violarla? Pero nada de eso sucedió. Ella y su familia salieron ilesos: “Creo que ese militar que trabajaba para las AUC nos protegió y no dejó que nos hicieran nada. Pero solo fuimos nosotros, porque el resto del pueblo padeció este dolor”.

Los ‘paras’ tenían dos anuncios más: el primero era que requería a siete hombres para que los guiaran a la vereda Las Brisas (entre ellos estaba un hermano de Kelly), para buscar a los supuestos guerrilleros. El segundo era que todo Mampuján debería ser desalojado antes de las 5:30 de la mañana siguiente. Si no, “nos pasaría lo mismo que a los pobladores de El Salado”.

“Luego nos enteramos lo que ocurrió allá. Mataron a personas que eran nuestros amigos, como el cuñado de mi hermana. Los torturaron y otros terminaron descuartizados. Nosotros salimos de nuestras casas y me tocó llegar con mi familia, sin nada a Cartagena”.

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Una mujer sin límites

Kelly terminó su bachillerato en Cartagena. No tenía muchos recursos, así que se dedicó a trabajar. La vida en la ciudad era mucho más difícil que en el campo. Allá todo era más tranquilo y el dinero no era tan necesario porque la tierra y los animales daban para vivir.

Pero ella quería estudiar, llegar lejos, ser la primera en su familia en estar a la universidad. Soñaba con ser médica, con una bata blanca y atender a muchos pacientes enfermos, salvar la vida de miles de personas.

Con ayuda de un tío consiguió los recursos para estudiar, pero no era suficiente para una carrera tan costosa: “Quería estudiar medicina, pero no se pudo. Un familiar me estaba patrocinando. Me dijo que eligiera entre Trabajo Social y Administración en Salud. Como no me gustaba la primera, elegí la otra, porque ya que no podía salvar vidas, podría entonces salvar presupuestos”.

 

Sin dinero, sus ganas de salir adelante fueron suficientes para ser la mejor de la clase. Todos los semestres estuvo becada y de esa forma demostró de qué estaba hecha.

 

Nunca ha dejado de trabajar, nunca dejó que su condición de víctima fuera más grande que su valor o sus sueños. Aunque hoy vive en Bogotá y no tiene muchos recursos, está orgullosa de estar casada, tener un niño y valerse por sí misma. A sus 34 años sabe que puede lograr lo que se proponga, sin tener que recurrir a la lástima, un comportamiento que ve en otras personas que pasaron por situaciones similares a la suya.

“A pesar de lo malo, soy una persona feliz, pujante. Estudié, tengo un buen esposo y un hijo. Nosotros somos víctimas porque un grupo armado entró al corregimiento y nos desplazó. Pero no nos cortaron las alas para seguir volando y avanzar. Siempre hay que pensar positivo y luchar, porque las cosas no se ganan de gratis, sino porque uno las lucha”, concluye.

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