May 14

Berta Quiñonez: de cómo triunfar en la diversidad

Rechazada por su familia, abusada, amenazada y desterrada. Esto hubiera sido suficiente para frustrar las ilusiones de Berta Cecilia Quiñonez. Pocos son los que logran recuperarse de tantos golpes seguidos, pero ella, de la nada, tomó su dolor y no lo aceptó como un obstáculo sino como un escalón, una plataforma para salir adelante.

Escuche aquí la entrevista de Brigitte Baptiste a Berta Quiñonez:

¿De dónde sacó la fuerza para convertirse en una de las activista más importantes en la lucha por los derechos de la población LGBTI en Cali? Esa es una pregunta que alguien que nunca tuvo contacto con el conflicto armado puede contestar, pero cuya respuesta es muy clara para Berta:

 

“Saqué fuerza por mis hijos, por la comunidad. Porque cuando uno tiene tanto dolor pero otra gente lo necesita para no pasar por lo mismo, uno no se puede dar el lujo de quedar estancado”.

 

Asegura que olvidó el sufrimiento, pero no lo que le sucedió. Nunca se atrevería a hacerlo porque ese es el motor de la vida que ahora lleva. Por eso no se niega a contar su historia, porque sabe que con esta puede generar un mayor cambio que guardando silencio.

Creció en San Marcos, un corregimiento de Buenaventura. Pocas niñas podían ser tan afortunadas. No pasó necesidades y tenía una maravillosa relación con su padre, un campesino con pasado militar. De pequeña salía de su casa y no podía evitar ver a las demás niñas que corrían y jugaban a los alrededores. Algo en ellas le parecía bello, hipnótico.

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Un día, mientras hablaba con su padre decidió contarle su más profundo secreto. El amor y la comprensión que siempre le demostró era lo único que necesitaba para confiar ciegamente en él. Entonces le dijo que no le gustaban los hombres sino las mujeres.

De inmediato todo ese cariño se convirtió en desprecio: “¿Por qué no podía ser una mujer normal?”, le recriminó.

“Tenía un amigo muy especial, que era mi padre. Siempre hablábamos, salíamos, hacíamos de todo. Pero pensando que era un amigo mío y que podía contarle mis vivencias me fue mal. El primero que me discriminó fue él”, dice Berta. Le dolió, fue un duro golpe, pero ya no le genera tanto dolor, como sí sucedió por muchos años.

 

En ese momento no entendía lo que pasaba. Apenas tenía 12 años. ¿Por qué la persona que más quería la rechazaba? ¿Por qué, siendo una pequeña, decidió entregarla como esposa a un hombre de 40 años?

Fueron 11 años los que pasó al lado de ese sujeto, siendo maltratada y humillada. No soportaba tener relaciones sexuales con él. Miraba con extrañeza y cierto rencor cuando en su vientre se engendraba un bebé que no veía como suyo, que nunca tuvo que tener, aunque la situación se repitió cinco veces.

Cuando cumplió 23 años la situación era insoportable, pero a su lado ya contaba con una amiga, una compañera, un nuevo amor, con quien se animó a dar el primer paso y emprender la huída. De inmediato se abrió la posibilidad de una vida distinta con alguien que sí amaba, con la que no se sentía incómoda en la intimidad, con quien sí era posible un futuro.

Ambas comenzaron su vida en el corregimiento de Sabaletas, Buenaventura. Iniciaron una cría de pollos y marranos. Llevaban una vida de campo, tranquila y llena de amor.

Pasaron seis años, era el 2002 y el conflicto entre el Gobierno y la guerrilla de las Farc estaba en su punto más alto. El rumor de la guerra inundaba ciudades, municipios, pueblos y el campo. Buenaventura no fue la excepción.

El Frente 30 de las Farc llegó a Sabaletas. Con sus armas intimidaron a la población, obligándolos a servirles, llevándose sus alimentos y violando a las mujeres.

Berta y su compañera eran conocidas como las lesbianas del pueblo. Como ‘castigo’ fueron abusadas por cuatro guerrilleros, que sin compasión las obligaron a ver mientras violaban a la otra. Fueron golpeadas, maltratadas, humilladas y torturadas por horas.

Pasaron los meses y Berta notó que estaba embarazada de nuevo, esta vez como resultado de la violación. Dio a luz a dos mellizos que, aunque le recordaban esa experiencia traumática, se convirtieron en una razón para seguir adelante. Eran sus pequeños, la familia que sí estaba dispuesta a tener.

Pero los dos niños al crecer serían reclamados por la guerrilla como suyos: “Eran hombres y les servían para la guerra”, comenta Berta. Así que armándose de valor salieron a Anchicayá, otro municipio cerca a Buenaventura, donde pretendían huir de la guerra y del rechazo que sufrían por no ser una familia tradicional.

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La huída no dio resultado. El conflicto es un gran cazador y ya había puesto sus ojos en ellas. Una mañana salió a un control médico con los mellizos y al regresar encontró a su amada tendida en el piso, sin vida. La habían matado.

Empapada en llanto, llena de dolor, se postró a su lado y entonó una canción que le salió del alma, un lamento o alabao, como lo llaman en el Pacífico, que la ha acompañado en cada momento de dolor:
“Cuando canto, canto con llanto, porque mi alma sana cuando estoy llorando. Cuando el llanto brota de mis ojos, es un dolor que se va yendo”.

“¡Qué monstruosa es la guerra!”, pensaba todos los días. Por su culpa perdió a su pareja y su dignidad. Por momentos sentía que su vida se derrumbaba, que se partía en mil pedazos y nunca la podría recuperar.

Una nueva vida

Los años siguientes no fueron sencillos. Escapó a Cali, donde vivió hasta que supo que el Frente 30 de las Farc había dejado Buenaventura. Entonces volvió y le dio vida a una fundación: ‘La Casa de las Lesbianas’, que brindaba apoyo a jóvenes de la población LGBTI que tenían miedo de revelar sus inclinaciones sexuales.

Pero de nuevo la alcanzó la guerra. Los Urabeños se llevaron a sus hijos, que ya tenían ocho años, para que fueran parte de la organización. Una vez más cogió fuerzas de donde no tenía y se dio a la tarea de recuperarlos. Con ellos a su lado se dispuso de iniciar su vida otra vez en Cali.

Sin saber cómo, porque ella misma no es capaz de explicarlo, volvió a sobreponerse de todo el dolor. Finalmente lo entendió: si todo esto le sucedió, debió ser por algo. Y entonces tomó la decisión más difícil pero más valiosa de su vida: perdonar.

 

“Lo más importante es perdonarse a uno mismo. Cuando uno hace esto, puede después perdonar a los demás. Uno debe tener amor. El amor da fe y esa fe te hace fuerte. Cuando uno perdona y quiere a su enemigo se hacen dos amigos”.

 

En esta ciudad ya es reconocida como toda una activista. Creó una fundación para atender a la población LGBTI. Además trabaja con población de alto riesgo como adultos mayores, mujeres cabeza de hogar y víctimas de violencia sexual.

Todo esto nació no solo de su dolor sino del de otras mujeres violadas por grupos armados en el marco del conflicto armado. Está dispuesta a dar todas las luchas que sean necesarias para cumplir su meta: “La sociedad pone los obstáculos que provocan que las personas LGBT sigan siendo estigmatizadas. Para eso trabajo: capacitar a la gente y demostrarles que somos personas normales, común y corrientes”.

Su mayor motivación son sus hijos: “Ellos son maravillosos. Por medio de ellos he podido salir adelante, sanar mi dolor, perdonar. Todo lo que me pasó lo acepto. Si no me hubiera pasado, no estaría aquí luchando por la comunidad LGBTI”, sentencia.

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